La Inteligencia Artificial será uno de los temas de conversación y análisis en la inminente 14ª edición de BIME, el encuentro para profesionales del sector musical que tendrá lugar en Bilbao del 27 al 30 de octubre, por lo que charlamos con Alberto Arenal, jefe de Área de Innovación y Servicios de AIE, quién moderará allí un panel sobre «IA e identidad artística»
Llega BIME Bilbao 2026 o, como resumen sus organizadores, «cuatro días de música en directo, conexiones profesionales, innovación y cultura abierta a la ciudadanía a través de BIME Pro y BIME Live» en los que la capital de Bizkaia será epicentro de la industria musical iberoamericana.
Un encuentro internacional de profesionales del sector musical nacido en 2013 y que celebrará su 14ª edición del 27 al 30 de octubre, conjugando jornadas profesionales dirigidas a artistas, trabajadores y representantes de la industria (mediante ponencias, paneles, talleres, networking, asesoramiento, programas de formación avanzada, speed meetings… en el Palacio Euskalduna) y conciertos y showcases -actuaciones en formato reducido- en salas del centro de Bilbao abiertas al público general.
La primera parte, BIME Pro, contará con nombres propios como Alan McGee, Alaska, Luz Casal, Juanes, Albina Cabrera, Walter Kolm o Ethiopia Habtemariam. La segunda parte, BIME Live, superará las 70 actuaciones y contará con artistas nacionales e internacionales, además de distintas afterparties. Zahara, Ashleys, Dianka, Tussiwarriors, Pedro Capó o Carlos Sadness participarán en los showcases, mientras que Alcalá Norte, 1111, Jimena Amarillo, Hija del Nopal y Sedientos de Cumbia lo harán en el festival al aire libre que acogerá el Paseo de Uribitarte el viernes 30.
Un BIME que, centrado en la industria musical y en el contexto del año 2026, inevitablemente girará en torno a la Inteligencia Artificial y su uso aplicado a la música, ya sea desde el prisma artístico o mercadotécnico. La irrupción de la IA está transformando la manera en que se crea y se distribuye la música, abriendo nuevas oportunidades.
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Así, uno de los paneles más interesantes de esta edición será el protagonizado por la Sociedad de Artistas AIE, sobre «IA e identidad artística», que contará con el músico y productor musical Tato Latorre, la visión de industria de Lucía Martínez y la perspectiva del marco legal y las herramientas para proteger los derechos de los artistas de Violeta Arnaiz, moderados por el jefe de Área de Innovación y Servicios de AIE, Alberto Arenal. Con este último experto hemos tenido el placer de charlar un rato antes de su desembarco en Bilbao (donde estarán, a partir de las 11:50 h. del martes, 27 de octubre).

Panel de AIE sobre IA en BIME Bilbao 2026
LA IA Y LA INDUSTRIA MUSICAL
Mucha gente habla de la IA como algo novedoso… pero hay quien dice que ya vamos tarde. Que quien no esté ya familiarizado y vaya implementando las posibilidades que nos da la Inteligencia Artificial, se va a ver arrollado más pronto que tarde. Tanto en el terreno de la industria musical, como de casi cualquier otro. Y no solo, o no necesariamente, a nivel de “creación”. ¿Cómo ves tú el momento actual en relación a la IA?
Realmente la inteligencia artificial está en la música desde hace bastante tiempo, forma parte fundamental del modelo de negocio de las plataformas de streaming, siendo la tecnología detrás de las recomendaciones y las playlists algorítmicas. La novedad es que ahora también se extiende al resto de la cadena de valor, incluyendo todo lo que tiene que ver con el proceso creativo y la producción. Ya no solo recomienda, también asiste en tareas creativas y técnicas, genera contenido e incluso puede imitar la voz o los rasgos de una persona. Este cambio ha sido muy rápido y los marcos legislativos todavía tienen que adaptarse a él.
Hay que mencionar además que llega a una industria que ya tenía sus propios desequilibrios, sobre todo si lo miramos desde el punto de vista de los artistas, intérpretes y otros profesionales creativos. La IA generativa no aterriza en una página en blanco, sino que lo hace en una industria que tiene desequilibrios aún por resolver. El streaming ha resuelto problemas reales de acceso y distribución, pero no ha eliminado las asimetrías del negocio musical y tras más de una década de crecimiento, el marco legislativo de la mayor parte de los países no reconoce un derecho de remuneración para los artistas y músicos de sesión en el ámbito digital
Así que no creo que la cuestión sea si vamos tarde. Herramientas hay muchas, y muchos músicos ya las usan con naturalidad en su trabajo diario, igual que las uso yo en el mío. La cuestión es con qué reglas se ordena su uso para llegar a un ecosistema sostenible para todas las partes, incluyendo a las personas creadoras.
Hace décadas que la fuerza bruta dejó de ser algo relevante a la hora de ganarse la vida. ¿Vamos camino de que pase lo mismo con la inteligencia, con el conocimiento, con el talento?
Hay una cuestión de fondo y un matiz que apuntar aquí. La cuestión de fondo es sobre la distribución del valor. Cuando las máquinas fueron sustituyendo a la fuerza física, el trabajo no desapareció, sino que se reconfiguró, produciéndose cambios más o menos relevantes en cómo se distribuye el valor generado. Esto ocurre con la introducción de cualquier tecnología. Pero hay un matiz importante en este caso y es que los sistemas de IA generativa dependen absolutamente del talento humano para el entrenamiento de sus modelos. Se han entrenado con música que ya existía, que había sido creada e interpretada por personas concretas, a las que ahora se pretende invisibilizar. Es decir, el talento sigue siendo la materia prima y sigue siendo el que crea el valor. La cuestión es quién lo hace visible y quién se queda con los ingresos. Lo que está en juego es establecer un marco que permita que el desarrollo de este tipo de innovaciones tecnológicas coexista en equilibrio con la integridad de los creadores.

Palacio Euskalduna, sede de BIME // BI FM
En contraposición a lo que se pueda deducir de mi pregunta anterior, considero que el “criterio” va a seguir siendo relevante, aunque una máquina “piense” por nosotros. Es la verdadera fe que tengo en el “factor humano”. ¿Y tú?
El criterio sigue siendo humano, pero para ejercerlo hace falta información y necesita práctica. Así que más que de fe en el factor humano, tenemos que hablar de qué qué condiciones deben darse para que ese factor pueda funcionar. Por un lado, el criterio necesita información. En el caso de la música, saber cómo se ha hecho lo que escuchas, quién está detrás y qué se ha usado para hacerlo son cuestiones que aparecen de inmediato. Y, además, el criterio humano necesita práctica. Cuando una IA te da siempre una respuesta rápida y teóricamente bien redactada o afinada, aceptarla cuesta menos que revisarla. Y cada vez que aceptas sin revisar, revisar te cuesta un poco más. El riesgo no es dejar de tomar decisiones como humanos de golpe, sino hacerlo poco a poco.
Por eso no basta con una IA fiable, que es como Europa llama a la que es segura, transparente y respeta los derechos. Hace falta, además, lo que podríamos llamar una IA reflexiva: una que no sustituya tu juicio, sino que lo mantenga activo. Que te muestre alternativas en lugar de una única respuesta, que te diga cuándo no está segura y que deje la decisión final, de forma explícita, en manos de una persona.
Centrándonos en la creación musical, entiendo que es importante el etiquetado explícito de aquellas obras que hayan utilizado estas tecnologías en todo o en parte.
En la música, lo que comentábamos del factor humano, el criterio y los requisitos se entiende muy bien. Por un lado, a nivel de información, el etiquetado a nivel de interfaz en la distribución, pero también a nivel de metadatos, es fundamental. Para la persona media cada vez es más complicado distinguir el contenido IA de las creaciones e interpretaciones humanas.
El etiquetado es necesario, pero no es lo único necesario. Justo lo que comentas de “en todo o en parte” es clave. No es lo mismo una canción generada por completo por una herramienta IA que un músico que usa IA para limpiar una pista o probar un arreglo. Y, si vamos más allá, volviendo a la idea de IA reflexiva, a nivel de decisión humana no es lo mismo una herramienta que te propone diez caminos para un arreglo y te deja elegir, siendo un instrumento, que una que te entrega la canción terminada y solo te pide el visto bueno, convirtiendo a la persona en alguien que aprueba. Para hablar de criterio humano tiene que haber una decisión e intervención significativa, no retoques.

Ponencia en BIME Pro // BIME
Pero, una vez hecha la ley, hecha la trampa. ¿Quién o cómo se pueden controlar los metadatos? Nadie quiere admitir que su obra no es suya.
También podemos verlo al revés. Es habitual que el derecho vaya detrás de la tecnología, pero siempre llega. Y en este caso se está desplegando a nivel de marco legislativo y de reglas de gobernanza principalmente. Por ejemplo, el Reglamento Europeo de IA ya incluye la obligación de marcar el contenido generado, si bien faltan su aplicación efectiva y estándares comunes. Es cierto que el etiquetado depende de incentivos perversos, ya que si es quien sube el contenido el que debe marcarlo y eso le perjudica a nivel de visibilidad o incluso de monetización, es complicado que haya mucha proactividad.
Por eso, la respuesta no puede ser solo la buena fe del que sube la canción. Hacen falta dos cosas. La primera, que la información viaje con la obra desde el origen y que nadie en la cadena de distribución la pueda borrar por el camino. Como industria, necesitamos estándares comunes. La segunda, que la responsabilidad no recaiga solo en el creador, sino también en quién la distribuye.
Es uno de los compromisos del Código de Buenas Prácticas que presentaremos el 25 de noviembre desde GenAIe, la unidad de AIE sobre inteligencia artificial y música. Las entidades que se adhieren se comprometen a preservar y transmitir esa información, a no eliminarla y a colaborar en estándares comunes para que se pueda verificar.
¿Cómo se gestionan los derechos de autor, o cómo deberían gestionarse, en un contexto de creaciones (composiciones y ejecuciones) generadas o apoyadas por inteligencias artificiales?
Aquí conviene distinguir primero qué protege hoy la propiedad intelectual. Y a partir de ahí, cómo creemos que debería ordenarse.
En España la ley es clara y es que autor es la persona que crea e intérprete es quien lleva a cabo una interpretación. Una herramienta de IA no puede ser ni autora ni intérprete. Por tanto, lo generado por completo sin una aportación humana significativa, no tiene autor ni intérprete protegible.
Desde AIE planteamos que la gestión se apoye en tres ideas, tanto en la entrada de estos sistemas, es decir, el entrenamiento, como en su salida, que es el contenido que generan. La primera es el consentimiento. El uso de obras e interpretaciones para entrenar modelos debería contar con una autorización previa e informada de sus titulares. Y, por supuesto, no depender de que cada artista tenga que oponerse expresamente.
La segunda es la remuneración. Si el trabajo de los artistas ha generado un valor en estos sistemas, tienen que participar de él tanto por el uso de su música en el entrenamiento como por los resultados que después compiten con ella. Y para que eso sea viable a gran escala, la gestión colectiva es la vía más adecuada.
La tercera es la transparencia, que es la condición de las otras dos. Sin saber con qué se ha entrenado un modelo ni cómo se ha hecho un contenido, no se puede autorizar ni remunerar. Por eso, hay que documentar la procedencia de los datos y declarar cómo se ha creado lo que se distribuye.
Y hay, además, una dimensión que va más allá del derecho de autor, que es la que tiene que ver con la protección de los atributos personales. La voz, la imagen o los rasgos que identifican a un artista no son una obra, sino parte de su persona y se protegen como derechos de la personalidad. Clonar una voz reconocible o recrear la identidad de un artista debería requerir siempre su autorización específica, exista o no una obra protegida detrás. Es un terreno en el que el marco actual todavía no da una respuesta ágil y es uno de los que la regulación tiene que desarrollar.

Escenario en BIME Live // BI FM
Hay personas que ya cuentan con un asistente personal ligado a la IA y hay quien habla, a diario, con aplicaciones como Chat GPT o Gemini, no solo para temas profesionales concretos. En la industria musical, plataformas como Spotify o Ticketmaster están desarrollando (en algunos países) estas posibilidades, a modo de chatbot. ¿El futuro es hablar menos entre nosotros y contarle todo a nuestra IA favorita? ¿Seremos nosotros quien lidere la conversación… o será ella?
A nivel funcional, los asistentes conversacionales son en buena medida el siguiente paso de las recomendaciones, un elemento que conocemos perfectamente en la música y otras industrias de contenidos. En las plataformas, parte importante del consumo es dirigido por listas o recomendaciones algorítmicas. Ahora cambia la interfaz y parte de la tecnología que hay detrás, pero la cuestión de fondo es la misma ya que actualmente ya estamos delegando parte de nuestra escucha.
En una de las investigaciones en las que he participado recientemente observábamos que los oyentes manifestaban una paradoja muy clara: valoraban mucho no tener que elegir en la plataforma, pero al mismo tiempo les preocupaba perder la curiosidad y cuestiones relacionadas con la privacidad. Y creo que las dos cosas son ciertas a la vez.
¿Quién liderará la conversación? Depende mucho de cómo estén diseñadas estas herramientas y vuelvo a la idea de la IA reflexiva. No es lo mismo un asistente que te da una única respuesta cerrada que uno que te abre opciones, te explica por qué te recomienda algo y te deja decidir. Y también depende de nosotros, porque delegar en sí mismo no es malo, siempre que sepamos en quién delegamos y con qué objetivo nos responde. Para eso hace falta formación y conocimiento sobre cómo funcionan este tipo de sistemas.
Y la música tiene algo que juega a nuestro favor y es que es profundamente social. Como nos dijo una de las participantes en el estudio que mencionaba, nos hacemos fans de artistas, no de canciones. La historia detrás de cada canción y la posibilidad de verlos en directo con otra gente es diferencial. Al menos hasta hoy, esto no está cerca de ser sustituido por la IA generativa.
Mi pregunta anterior liga con la idea de que, en la actualidad, no sabemos muy bien si el algoritmo responde a nuestros intereses reales… o si nos los impone. En lo musical, el algoritmo recomienda canciones, artistas, playlists… ¿Piensas que la IA ayudará más al usuario a dar con lo que quiere o la industria a vender lo que pretende?
Probablemente, a las dos cosas. Y ahí está una de las cuestiones clave, porque no siempre coinciden y el usuario no ve con qué criterio se decide. Más que la tecnología en sí lo que nunca es neutro son las decisiones de diseño de cualquier sistema. Y eso condiciona el resultado de la aplicación de una tecnología concreta. En el caso de los algoritmos de recomendación, evidentemente no solo reflejan nuestros gustos sino que también los condicionan. Hay que pensar que, entre otras cosas, están diseñados para maximizar nuestro tiempo de permanencia en la plataforma.
Así que por diseño te recomiendan lo que creen que te va a gustar. Y, a su vez, está demostrado que lo que más escuchas acaba gustándote. Y esa escucha alimenta la siguiente recomendación. Es un bucle y quien diseña el sistema y decide qué se optimiza tiene mucho peso en el resultado. Y hay otra cuestión que es que quien conoce a la audiencia, sus datos y sus hábitos, es quien controla la relación con ella. Es una de las cuestiones que analizamos el estudio que citaba anteriormente. Los usuarios y artistas que participaron tenían una visión ambivalente.
Por un lado, valoraban la comodidad y la facilidad para descubrir música. Y, por otro, les preocupaba la homogeneización, perder la sorpresa de encontrar algo que no buscaban y no saber con qué criterio se ordena lo que ven. Con la IA generativa esto se acentúa. Por eso lo que planteamos es que los sistemas sean transparentes, que se pueda entender por qué te recomiendan algo y que la diversidad cultural, incluida la música local, no quede penalizada por defecto.

Servidores para uso de la IA // AIE
La IA se nutre de información previa. Del trabajo de los humanos. De todo lo que hemos hecho a lo largo de la Historia. Se vale de nuestro conocimiento, pero también de nuestro arte. ¿Puede un artista oponerse a que la IA se nutra, utilice y beneficie de su obra?
Sobre el papel, sí. En la UE la normativa permite utilizar obras para entrenar estos sistemas salvo que el titular se haya opuesto expresamente y de una forma que una máquina pueda leer. Es lo que se conoce como opt-out o reserva de derechos. En la práctica, hay dos problemas. El primero es que pone toda la carga en el artista. Es decir, es el artista quien tiene que conocer el mecanismo, ejercerlo y, además, no sirve para lo que ya se ha utilizado.
El segundo es la falta de transparencia. Si no se sabe con qué contenidos se ha entrenado un modelo, es muy difícil comprobar si se han respetado esas reservas. Y lo cierto es que muchas de estas herramientas se han entrenado con música protegida sin pedir permiso y ahora compiten con los propios artistas cuya música se usó. Aunque es lento, los tribunales empiezan a pronunciarse. En julio, un tribunal de Múnich dio la razón en primera instancia a GEMA, la entidad alemana de autores, frente a Suno.
¿Cuál es una solución más completa? Como comentaba antes, desde AIE defendemos consentimiento, remuneración y transparencia. Y para que sea viable en el entrenamiento, proponemos una licencia colectiva ampliada, de manera que la entidad de gestión pueda autorizar el uso del repertorio con condiciones y repartir lo que se recaude entre los artistas, incluidos quienes nunca podrían negociar de forma individual con una gran tecnológica. Se trata de combinar que la IA se desarrolle de forma equilibrada con quienes crean e interpretan la música
En la actualidad, hay artistas que están otorgando a empresas determinadas el control absoluto de su carrera. En ese contexto, ¿puede el artista decidir qué consiente y qué no, de quién son los masters y las obras finales, qué ocurre con la propiedad intelectual si el contrato acaba?
El artista puede y debe decidir qué consiente. El problema es si tenemos contratos en los que aparecen cláusulas nuevas que pueden contener autorizaciones genéricas sobre la voz, la imagen o las interpretaciones “para cualquier tecnología presente o futura”. En el caso de la voz, por ejemplo, estamos hablando de un atributo de la persona, protegido como la propia imagen y nadie puede usarla con fines comerciales sin tu consentimiento.
Y no solo pasa con los contratos discográficos. Pasa también con las condiciones de uso de las propias herramientas. Por eso el Código de Buenas Prácticas de GenAIe insiste en que cualquier autorización sobre la voz o la identidad de un artista sea específica, previa e informada. Al menos incluyendo para qué, durante cuánto tiempo, en qué condiciones y cómo se revoca. Y también se pone énfasis en evitar que la diferencia de fuerza negociadora acabe en cesiones en blanco.
Sobre los masters y el final del contrato, depende mucho de lo que se haya firmado en cada caso. Por eso, lo primero es leer bien el contrato y asesorarse. En AIE tenemos una asesoría jurídica que nuestros socios pueden consultar de manera gratuita.
Dicho esto, como regla general, el máster suele pertenecer a quien la financia y la produce (normalmente la discográfica) y lo que ocurre cuando termina el contrato lo fija el propio contrato. Pero hay una parte que no se puede firmar en contra. La ley española reconoce al intérprete derechos de remuneración irrenunciables, que se gestionan de forma colectiva y tampoco se pueden ceder los derechos morales, como que se reconozca tu nombre en tu interpretación o que no se altere. Es decir, el control de la carrera se puede ceder, pero hay derechos que no pueden cederse.

